jueves, 26 de enero de 2012

The woman in red.

Dicen que rara vez sonreía, aunque algunos dicen que lo hacía cada seis meses y otros que era cada vez que el cartero dejaba algo en esa casita en miniatura que ella tenía como buzón.

Solía ponerse un vestido rojo, pintarse los labios e ir a un bar de grandes ventanas. Se sentaba al lado de una, pedía un café y no se levantaba hasta haber terminado el tercer cigarrillo. Le gustaba armarlos ella misma, su novio le había enseñado como hacerlo.

Cuando volvía a su casa se quedaba ahí, nadie sabía que pasaba adentro de ella. Su casa era bastante normal, era la típica casa inglesa de la época. No era nada especial.

A ella nadie volvía a verla salir hasta el otro día cuando llegaba el cartero o cuando volvía al bar a tomar su café y fumar sus tres cigarrillos.

Algunos creen que estaba loca, una mujer de su edad y siempre tan sola no era lo que solía verse. Sin embargo, una vez cada seis meses los sorprendía a todos. Por una semana entera no aparecía por el bar ni esperaba al cartero. Por las mañanas salía olor a café y tostadas de su casa. Cerca del mediodía ponía el tocadiscos y se escuchaba la voz de Ella Fitzgerald por toda la manzana. La cortina de su ventana estaba media corrida y en el vano habían un par de botas de soldado.

Nadie lo conocía. Los que decían haberlo visto decían que parecía rubio, no era mucho más alto que ella, que sus cachetes estaban siempre cubiertos por manchitas rosas y que no era nadie fuera de lo común.

Una semana, siete días en total, se quedaban esas botas en la ventana, el tiempo que se quedaban también el olor a café y tostadas y lo que duraba la voz de Ella cantando.

Cuando las botas desaparecían todo volvía a ser como antes. Ella volvía a usar el vestido rojo, se sentaba de nuevo en el bar y volvía a su casa para desaparecer hasta el día siguiente. Volvía la quietud a su hogar y la sonrisa desaparecía de su cara.

Los que hablan dicen que ella no vivía hasta que él volvía a la casa, hasta que sus botas ocupaban otra vez el vano de la ventana y hasta que la casa se llenaba nuevamente de vida.

No se que decían ni qué dirán, sólo se que ella amaba a ese soldado que volvía a casa cada seis meses para hacerla feliz.